Mártir

Por Nicolás Silva

“Se sabe: Dios es argentino. Pero el problema
es que atiende en Buenos Aires y es corto de
vista: no ve más allá de los cordones de
pobreza que bordean la General Paz”.

Mempo Giardinelli, Página/12 – 16 de diciembre de 1999.

La Gendarmería empezó a reprimir y esta vez no se limitaría a desalojar el puente General Manuel Belgrano sino que avanzaría sobre la avenida 3 de Abril con toda su artillería: balas de plomo y de goma, gases y camiones hidrantes. Era diciembre de 1999, Mauro Ojeda tenía 19 años; no estudiaba ni tenía un trabajo, él era parte de la miríada de hombres y mujeres que resistían el embate represor del Estado en Corrientes.

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La respuesta a sus reclamos fueron balas de plomo y gases lacrimógenos. Corrientes se quemaba, por el sol, el verano, la siesta y las llantas que ardían expulsando llamas y un humo negro. Tomado el puente, el escuadrón de gendarmería al mando del comandante Ricardo Chiappe marchó sobre la explanada sin piedad ante ese grupo de correntinos –en su mayoría docentes y empleados públicos- que abarcaba distintos sectores de la sociedad local afectados por las medidas económicas adoptadas por el gobernador Raúl Rolando “Tato” Romero Feris y el presidente Carlos Saúl Menem.

El desalojo comenzó al amanecer del 17 de diciembre y terminó casi a las tres de la tarde. En la intersección de 3 de Abril y Chaco cerca de las 9.15 fue asesinado Francisco Escobar, un joven de 25 años. Fue la primera víctima fatal de la jornada, recibió un disparo en el pecho que le perforó la aorta: era padre de una recién nacida y se ganaba la vida como cartonero.

A las 13.15, en la esquina de 3 de Abril y Misiones –una cuadra hacia el centro de la ciudad- cayó desplomado en el asfalto Mauro Ojeda. El tiro certero de un francotirador le destruyó el corazón. Además hubo 28 heridos.

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Mauro comenzó a ir al puente unas semanas antes, poco después de iniciadas las protestas; no comprendía muy bien los motivos y la trascendencia que tendrían las movilizaciones que bullían en la ciudad.

Argentina tenía un nuevo presidente, desde el 10 de diciembre Fernando de la Rúa dirigía la Nación desde el sillón de Rivadavia y entre sus primeras medidas estuvo el desalojo del puente y la intervención de la provincia de Corrientes, encomendada ese mismo día a Ramón Mestre y una comitiva de radicales con acento cordobés.

Norma describe a su hijo Mauro de tez morocho y con “cara de policía”. Ella lo parió un 19 de agosto de 1980 y junto a sus otros tres hijos (dos más grandes que él y una más chica) se acomodaron en una parte del terreno de su mamá, la abuela de Mauro. Una precaria casita en el barrio Primera Junta. Su papá -un remisero alcohólico y violento- los abandonó cuando Mauro tenía 17 para irse con otra mujer.

Norma Saucedo

Norma Saucedo, mamá de Mauro Ojeda: “Él era mi sostén, cuando volvía traía hamburguesas y las cortaba en cuadradito para que coman todos.”

Mauro no terminó la primaria, dejó la escuela en cuarto grado y decidió comenzar a trabajar. En realidad lo que hacía no era trabajar, más bien era sobrevivir de la caridad del otro: limpiaba vidrios en las esquinas; como lo hacen hoy en día una decena de chicos en el lugar donde lo mataron. Solía quedarse en la esquina de Maipú y Nuestra Señora de la Asunción, relativamente cerca de su casa. Lo que ganaba lo gastaba en una hamburguesería que está en las inmediaciones. Luego volvía en bicicleta a su hogar. “Él era mi sostén, cuando volvía traía hamburguesas y las cortaba en cuadradito para que coman todos, también traía gaseosa”, añora su mamá.

Un sartén hirviendo

En Corrientes el verano es insufrible -sobre todo a la siesta-, no obstante en el 99 hubo gente que se atrevía a permanecer en el puente a las tres de la tarde con temperaturas que rozaban los 40 grados que, sumados al concreto y el reflejo del río, convertían al viaducto en un sartén hirviendo. Los intrépidos manifestantes desayunaban mates, almorzaban en ollas populares, a veces arriba y otras en la explanada, en la plaza Belgrano. Entonces en la avenida había interminables filas de automóviles y camiones que se prolongaban cuadras y cuadras.

Mauro iba por las tardes, antes de ir a ver cuántas monedas obtenía escurriendo agua enjabonada en los parabrisas de esos autos que jamás conduciría. No había razón directa para que estuviera en esa multitud, salvo la curiosidad y tal vez el deseo de encontrarse con su papá. “Si yo me voy (al puente) va a salir el sueldo”, le respondió una vez Mauro a Noma –síntesis de mamá y Norma- cuando ella le pidió que no se vaya más, unos días antes del 17 de diciembre.

17-Diciembre
Mauro iba y venía pedaleando en su bicicleta hasta una estación de servicio ubicada en la esquina de 3 de Abril y De la Vega. Llenaba de agua sus botellas de plástico para llevárselas a los que estaban arriba del puente. Su madre dice que era “un chico muy servicial”. El día del desalojo Mauro fue temprano, no había escuchado del despliegue de gendarmería y al llegar se topó con una batalla.
Para Oscar Pavón, más que un combate eso fue una “patriada”. Él estuvo ahí, fue herido de un balazo que le atravesó ambos pulmones, cayó desvanecido en 3 de Abril entre Misiones y Chaco. Eran cerca de las 9 y la represión se tornaba atroz, faltaban minutos para el asesinato de Francisco Escobar. Como marca indeleble, a Oscar le quedó cicatrices en los orificios de entrada y salida. “Yo no me arrepiento de nada, eso fue una gesta popular”, asegura aunque admite que con los años las cosas se olvidan: “la gente vive sus problemas y uno como ciudadano se cansa”.

17-12
Mauro regresó a su casa a eso de las 11. Tenía las zapatillas negras de hollín por las cubiertas de autos quemadas en fila para intentar refrenar el avance de los gendarmes. Tenía la cara embadurnada de sudor y mugre, al igual que su ropa; fue a bañarse. Al salir se puso una remera limpia, unas bermudas y las ojotas de uno de sus hermanos.
-¿Qué vas a cocinar?-, le preguntó a su Noma antes de irse.
-No sé todavía-, contestó la mujer algo temerosa por lo que oía que ocurría a través de la radio.
-Hacé guiso de arroz (su comida favorita), le pidió y luego volvió a irse en su bicicleta. La olla quedó repleta ese mediodía.

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Los disparos venían de todos lados, el gentío (se calcula que hubo cinco mil personas) retrocedía para reagruparse en esquinas siguientes, resintiendo a piedrazos la furia represiva del Estado. Desde edificios aledaños los francotiradores elegían a su blanco como en un coto de caza.
Mauro se desplomó en la vereda. Una bala atravesó su corazón. Las corridas y los gritos persistían. Todo era caos. Mauro empalidecía; se esforzaba por respirar.
Norma había terminado de cocinar, puso la mesa y esperaba mientras el periodista Natalio Aides conducía un programa especial. “Estaba escuchando la radio y dijeron que habían matado a uno, dijeron que se llamaba Mario Ojeda y yo pensé que era su primo, que se llama así; y bueno… me tranquilizó un poco. Al rato dicen que se habían equivocado, que se llamaba Mauro Ojeda. Yo me quería matar”.

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Casi se desmaya pero tomó vigor y pidió ayuda a sus parientes con quienes fue al hospital Escuela y debió afrontar el horror de ver a su hijo muerto, al mismo que había visto aseado y entusiasta unas horas antes, el mismo al que le preparó un guiso de arroz. Esa misma noche lo velaron en su hogar. Mucha gente la acompañó, inclusive personalidades públicas.
Como compensación el gobierno provincial le otorgó a Norma Saucedo una vivienda del INVICO en el barrio Montaña y una pensión de 2.600 pesos. Vive con su hija, la más chica, que tenía dos años cuando mataron a su hermano; ahora está en la secundaria. El más grande se fue a Buenos Aires y la llama de seguido; el otro “se juntó” con una vecina y ya la hizo abuela. Dice que no llega a fin de mes, que la plata que le dan no le alcanza y que debe pagar la cuota del último electrodoméstico que compró: una heladera. Cuando puede va hasta su tumba. “Todos ya se olvidaron: antes llevaban lindas flores a su cruz,  ahora no, ni flores le llevan a mi hijo”.

Asesinatos de Estado

Un cartonero y un limpia vidrios fueron los mártires, los que pusieron el pecho, los que dejaron la vida. El Estado sabe a quién matar. Hilda Presman, militante por la promoción y la difusión de los Derechos Humanos aclara que: “los muertos no son de la plaza (25 de Mayo, el otro y primer epicentro del reclamo por el pago de salario; lugar de acampe y asamblea donde circulaban gremialistas y políticos), los del puente fueron otra cosa; fue un movimiento popular donde se sumaron los excluidos”. Un periodista presente en esos eventos, Eugenio Montero, sostiene que “acá tenemos muertos de primera y de segunda” porque el kirchnerismo “es un gobierno centralista que no le interesa remover en estos temas”.

13-12
No hubo juicio. Sí denuncias penales contra el presidente De la Rúa, el ministro del Interior, Federico Estorani, y el comandante Chiappe; pero ninguna prosperó.

El 18 de octubre de 2012 durante una visita a la basílica de Itatí, la  entonces presidenta Cristina Fernandez de Kirchner, a través de su Secretaría General de la Presidencia, firmó un convenio con tres sobrevivientes. En ella el Estado asumía la responsabilidad, se comprometía a reparar los hechos e impulsar la investigación, como exhortaba el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Se fue sin cumplir.

Mauro y Francisco fueron sepultados en el cementerio San Juan Bautista. Cada 17 de diciembre sus familias y un par de personas más los recuerdan frente a las dos imponentes cruces de madera emplazadas en la esquina de 3 de Abril y Misiones. Les dejan flores y prenden velas, luego alguien da un breve discurso y se retiran hasta el año siguiente; cada vez son menos.

17diciembre
Todas las noches Norma se sienta en su cama y prende una vela junto al cuadro de Mauro. Está serio con la mirada fija y el ceño algo fruncido, como ofuscado, “quería ser boxeador o policía”, cuenta ella. Norma habla con Mauro antes dormirse; él la cuida. Ella siempre le implora:
-Te pido hijo que me ilumines desde arriba. Que me sigas cuidando como antes me cuidabas. Que me des fuerza y buena salud hasta que sea grande tu hermana. Después sí, que Dios me lleve no más.

Fotos históricas: gentileza Hilda Presman.

Diciembre de 2015

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